• El valor de la palabra

    El valor de la palabra

    Cuántas veces nos arrepentimos al día de algunas cosas que decimos y cuántas veces pensamos que lo podíamos haber dicho de otra manera. Cuántos momentos nos hemos quedado callados y esa ausencia de palabras, ese silencio, ha tenido una importante repercusión. Cómo llevamos el peso de esa palabra que de pequeños nos dijeron tantas y tantas veces y que consiguió adherirse a nuestra identidad condicionando nuestra vida. Cuántas personas queridas nos defraudaron en el camino porque no tuvieron el valor suficiente para poner palabras a sus sentimientos. Y cómo nos sentimos ante el dilema que supone en ocasiones la necesidad de ocultar algo o no decir toda la verdad o decir sólo aquello que se pueda entender; qué agradecidos estamos a los mayores que tenían claro que la verdad de los adultos no es la verdad de los niños. En qué momentos la ausencia de la palabra justa ha desvalorizado tanto y tanto esfuerzo, y en qué otros la palabra condescendiente se convirtió en un proyectil que arrasó nuestra autoestima. Cuántas veces hemos sentido la necesidad de que nuestros padres respetaran la palabra que habían dado e incluso, a veces inconscientemente, que cumplieran los castigos que nos ponían; y por eso, para evitar la decepción de su no cumplimiento, queríamos que las sanciones fueran ajustadas y realistas. Y cuándo la palabra era usada para el engaño, cómo eso afectaba a la confianza que teníamos en la persona que nos había traicionado y en la propia vida; por eso, cómo nos sentíamos si nuestros padres no se despedían de nosotros cuando nos dejaban con algún familiar; y que luego no se explicaran que cuando estábamos con ellos no los quisiéramos perder de vista (¡¿y si desaparecieran sin avisar…?!); cuánto hubiéramos agradecido que simplemente nos dijeran la verdad. Y cuando no sabíamos qué nos pasaba por dentro, como nos reconfortaba que nos ayudaran a ponerle palabras a ese pesado malestar; a veces sólo necesitábamos el silencio y la atenta y cálida mirada de nuestra madre o nuestro padre.

    Qué palabras nunca fueron dichas, o no lo suficiente, y su omisión está presente en lo más profundo de nosotros mismos como una laguna seca que espera recibir el agua que le da la vida.

    Y es que tal vez, si concedemos a la palabra el valor que verdaderamente tiene, pueda ser nuestra mejor aliada no sólo en nuestra función materna y/o paterna sino también en todas las facetas de nuestra vida.

    Pablo Montero Candial