• Mujeres desesperadas

    Mujeres desesperadas

    Los “Días de…” suelen otorgarse a determinados colectivos con motivo de celebración, conmemoración y como manera de impulsarlos y reconocerlos. Muchas veces me queda la sensación que dicho reconocimiento oficial no es suficiente, que se hace un poco por cumplir y así nos quedamos todos más tranquilos.

    Me recuerda mucho a cuando unos padres preocupados por la conducta “X” de su hijo consultan a varios profesionales hasta que uno le da un diagnóstico: su hijo tiene el “Trastorno negativista desafiante” por ejemplo. La tranquilidad es lo primero que sienten estos papás porque ya saben lo que tiene y sólo queda “aplicarle al niño” el tratamiento.Y vemos un montón de niños con su cartelito en la frente y una sonrisa y una tranquilidad que nos resulta un tanto artificial, tal vez producto de las primeras pastillitas que toma en su vida para eso de los nervios. Poner una etiqueta cierra, no abre, va a lo concreto, a lo que se ve, no a lo subjetivo y complejo, suele apuntar a una causa que exime de responsabilidad (biologización de procesos psíquicos), trabajando sobre la punta del iceberg, que en este ejemplo es el propio niño y sin realizar un análisis de las causas ni de los diferentes y complejos factores que intervienen.

    El “Día internacional de la mujer trabajadora” tranquiliza también a muchos, tanto hombres como mujeres, ya que supone un reconocimiento (etiqueta) de que algo ocurre y que se está haciendo algo por solucionarlo. Para una curación o por lo menos, compensación, hay que administrar una serie de medidas tendentes a que se corrijan las desigualdades (principal síntoma) para lo que se ayudará a la mujer a conseguir aquello que se le puso difícil en el pasado (tratamiento). Y sin embargo, cuando vamos por la calle, nos encontramos con mujeres que muestran un rostro sonriente y tranquilo pero en el que si te fijas bien verás una mueca melancólica y si te asomas a sus ojos observarás una profundidad que da vértigo.

    Muchas mujeres de esta generación se sienten timadas (Timo: acción de engañar a otro con promesas o esperanzas –Dicc. Real Academia). Por que si antes se le pedía que fuera la perfecta ama de casa ahora se le pide que sea la mejor trabajadora, la mejor amante, la mejor madre y sin despeinarse; y eso además llevando ellas el peso de la casa. En este caso no se trata de una biologización si no de una visión parcial del problema reducido a lo social y educativo.

    Muchas mujeres dicen sentirse agotadas corriendo todo el día para poder cumplir con aquello que le han dicho que tienen el privilegio de poder elegir. Y es que da la impresión de que si antes había un nivel de exigencia elevado para la mujer ahora es el mismo pero con más frentes abiertos, con lo que la sensación que queda muchas veces es de impotencia y agotamiento.

    ¿Quién pide más excedencias por maternidad?, ¿Quién hace reducción de jornada por motivos familiares? ¿Quién renuncia más a menudo a adquirir nuevas responsabilidades laborales que requieren más tiempo? ¿Quién deja más a menudo sus actividades de ocio a un lado?

    En los últimos años he tenido la oportunidad de aprender mucho en las reuniones con padres y madres que tengo como Psicólogo en algunas Escuelas Infantiles. Se escuchan muchas cosas, se suele decir que se sienten presionadas por hacerlo todo perfecto en el trabajo para poder competir con los hombres, que cuando llegan a casa siguen trabajando, que no siempre se crean unas condiciones adecuadas para educar a los niños, que la relación de pareja ya no es lo que era y que tampoco pueden quejarse mucho. Pero lo que más se escucha es que existe un sentimiento de culpa intrínseco ya que no pueden responder a la imagen de madre ideal que llevan dentro (¿su propia madre?). Es como si internamente se exigieran ser esa madre abnegada que siempre está presente y como no pueden conseguirlo apareciera la culpa y la impotencia.

    ¿Y el hombre?, por cierto, que a estas reuniones viene en un escaso porcentaje… Nos encontramos un hombre que hace esfuerzos por implicarse en las tareas domésticas y de crianza pero que va muy despacito. Y que además queda como desdibujada su función de padre porque no ha sabido evolucionar de un modelo autoritario de educación a una educación basada en el respeto, la confianza, el amor y la puesta de unos límites claros. O sea hacia una autoridad moral.

    Muchos hombres fueron sometidos por sus padres y ahora se someten a sus hijos. La permisividad, el tratar de ser amigo de los hijos, difumina la función paterna (“para lo poco que lo veo no le voy a reñir”). Tampoco eso, precisamente, ayuda mucho a la mujer.

    Para que la mujer pueda llegar a conseguir un lugar de mayor dignidad tal vez no se trate sólo de conseguir aumentar sus oportunidades, sino también, desde las diferencias, de cómo ir forjando una nueva identidad que deje atrás esa mujer ideal y vaya construyendo un ideal de mujer que le permita aceptar sus limitaciones y reduzca así su frustración, para que así, sin tanta exigencia, pueda construirse a sí misma, en la nueva realidad que le ha tocado vivir. Eso también contribuirá a que, al no estar ya en todo, pueda dejar más espacio para que el hombre gane terreno en lo que siempre fue un territorio matriarcal.

    El varón, así mismo, tiene mucho trabajo por delante ya que si no evoluciona corre el peligro de seguir siendo ese hijo que añora la tortilla de patatas de mamá y que no termina de asumir su papel como pareja, padre y hombre.

    Es responsabilidad de todos no quedarnos en lo superficial si no indagar en nosotros mismos y preguntarnos qué hacer para ir dejando atrás los fantasmas del pasado y la culpa, asumiendo la responsabilidad de ir mejorando día a día como personas.

    Los cambios sociales y educativos son importantes y necesarios pero, tal vez, el cambio que más se resiste vaya por dentro.

    Pablo Montero Candial