
Texto: Pablo Montero Candial. Psicólogo. Junio de 2021
Quince meses después de la llegada a nuestras vidas de la pandemia empezamos a mirar el presente y el futuro más inmediato con menos incertidumbre y más optimismo. Las experiencias vividas han sido de todo tipo y no a toda la población han afectado de igual manera; incluso muchos decimos que hemos sacado muchas cosas positivas de esta situación.
En cualquier caso y analizado desde un punto de vista más global, las “pérdidas” han sido protagonistas: pérdidas de seres queridos, de proyectos vitales, de trabajo, de la movilidad, de vida social, de salud…. Y tantas otras. Pero ¿qué hemos hecho con sus emociones asociadas?
Renunciar para protegerse, refugiarse para evitar peligros mayores y sobrevivir…, todo parece muy razonable y necesario pero las emociones no se racionalizan y cuando no hay lugar para su expresión se quedan en nuestro interior, porque lo prioritario es adaptarse a la realidad.
En mi caso, hace unas semanas, después de la apertura de la Comunidad y ya vacunado, viajé a Santa Eulalia del Campo (Teruel), mi pueblo de la infancia, para ver a mi madre, después de muchos meses, demasiados, sin verla. Nunca la España vaciada me había resultado tan colmada de sensaciones, emociones y recuerdos. Sentí mucha alegría.
Pero lo que más me impresionó fue encontrarme con una mujer, de 90 años, equilibrada y centrada, que no era la primera vez que atravesaba una situación tan grave (la postguerra, con sus penurias, duró mucho más) y que sabía que con tenacidad, fortaleza y esperanza lograríamos vencer la pandemia. Parecía que los que la llamábamos por teléfono habitualmente (nunca tuvo tanta vida social…), la ayudábamos y acompañábamos, sin embargo lo que estaba sucediendo es que era ella, con su entereza, la que nos transmitía tranquilidad y confianza. Sus experiencias vitales la ayudaron a sobreponerse y resistir ante el miedo y la incertidumbre; ella sabía, porque ya lo vivió, que mantenerse firme y coger el timón con decisión y serenidad es la fórmula para atravesar cualquier tormenta.
Para sentirnos seguros y por tanto emocionalmente más estables, necesitamos confiar en que, a pesar de las dificultades, al final vamos a poder superar la adversidad y salir victoriosos. Por eso ha sido una prioridad replegarnos.
Pensaba que al regresar a Sevilla iba a seguir sintiendo la misma alegría, sin embargo, me invadió cierta melancolía y desasosiego, que todavía me acompaña. Ahora entiendo lo que me ha sucedido:
Puede que para sobrellevar la situación hayamos armado una serie de mecanismos de protección emocional y que al mejorar la situación y no necesitarlos, las emociones retenidas se liberen (como si abriéramos las compuertas de un embalse) y nos abrumen.
Es tiempo de elaborar lo vivido y recuperar el equilibrio emocional con vivencias reparadoras y sobre todo evitando ocultar lo que hemos sentido con el silencio o modos poco saludables de taparlo. No olvidemos que siempre tenemos a nuestra disposición la herramienta de procesamiento más valiosa que existe: la palabra.
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