• ¡Qué paciencia!

    ¡Qué paciencia!

    “Perder la paciencia es perder la batalla”  Ghandi

    La palabra paciencia siempre ha sido muy utilizada ya que  es muy importante contar con ella en cualquier faceta de nuestra vida. Aprender a esperar, controlar nuestros impulsos, ponernos en el lugar del otro, pensar antes de actuar, no proyectar nuestras cosas en los demás, aceptar que el otro es diferente a mí, aprender a tolerar las debilidades de los demás….son  frases muy relacionadas con ella.

    Pero tal vez hay dos palabras que van de la mano de la paciencia: autoconocimiento  y autocontrol. Centrándonos un poco en la educación de los hijos, si aceptamos  la idea básica de que la mejor herramienta educativa es uno mismo, para poder ser unos padres aceptables no queda más remedio que  vayamos aprendiendo poco a poco a manejar nuestras emociones, ya que muchos de los conflictos cotidianos que tenemos tienen que ver con cómo gestionamos las manifestaciones de  nuestro mundo interno. No se trata sólo de hacer un esfuerzo de voluntad para intentar mejorar día a día, ya que hay cosas que sólo con la voluntad no se pueden cambiar, sino también de poder acceder a un registro reflexivo en el que analizar las cosas que nos pasan por dentro y las que ocurren en la relación con los demás, incluidos nuestros hijos.

    Tener paciencia no quiere decir ser permisivo y ceder continuamente, sino más bien poder tener la serenidad necesaria para controlar lo que uno siente (¿ira, rabia, decepción, miedo, angustia…?) y poder así no sucumbir a la descarga en sus diferentes manifestaciones (gritos etc…). Controlamos nuestras “cosas” mejor si nos conocemos bien  y hemos elaborado adecuadamente nuestros propios conflictos. Muchas veces perdemos la paciencia y nos sale de dentro una violencia que nos asusta a nosotros mismos (imaginemos cómo le sienta a quién va dirigida) y posteriormente nos sentimos culpables e intentamos remediarlo. A veces se escuchan frases como “me has obligado a gritarte”, “has conseguido que te arree” etc…, que en realidad son manifestaciones de la impotencia que sentimos al no poder manejar lo que nos pasa por dentro. Nos justificamos diciendo que es el otro el responsable de nuestros actos. Además, como los niños lo perciben todo, también aprenden a copiar nuestra manera de manejar los conflictos, lo cual contribuye a generar círculos viciosos difíciles de parar. Los excesos generan excesos.

    ¿Pero a quién no se le escapa un grito alguna vez?, aunque ¿es lo mismo “alguna vez” que   ”muchas veces”?

    Por otro lado, la paciencia y la firmeza no tienen que estar reñidas, de hecho, cuando ponemos límites con claridad y establecemos unas “reglas del juego” adecuadas a cada edad todo funciona mejor. Para ello es importante que el niño acceda a la terceridad  poco a poco, mostrándole, conforme va creciendo, que deja de ser el centro del universo y se tiene que adaptar él también a la realidad. Y es ahí, cuando el niño es pequeñito, que nos necesita más para ayudarlo a gestionar sus impulsos naturales. Por eso, sobre todo antes de los tres años actuamos con ellos como una especie de “Yo auxiliar”, ofreciéndole ayuda desde fuera hasta que él consigue controlarse solito y ser más autónomo. Es entre el primer año y el tercero cuando esta labor es más importante y requiere más paciencia de nuestra parte porque los niños todavía no cuentan con un “Yo” que trabaje para ellos.

    Pablo Montero. Psicólogo

    Para terminar  quiero compartir con vosotros una sencilla frase que me gusta mucho:

    “Tener paciencia es hacer las cosas con cuidado” Pablo Montero Candial. Psicólogo.

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