• La crisis de la autoridad

    La crisis de la autoridad

    La dificultad que encuentran los padres hoy para educar a su hijo/a.

    Premisa: Antes que nada quiero manifestar mi respeto y comprensión a todos los padres, sobre todo de aquellos niños diferentes que se encuentran en situación de sufrimiento. 

    Ningún padre haría mal a su hijo intencionalmente. Esto no quita que algo haya sucedido y en la relación con el niño algo haya salido mal, sin por ello tener la intención de causar daño.

    A la consulta llegan cada vez mas seguido padres de niños pequeños (entre dos y cuatro años) al cual describen como tiránico, indomable y violento. Padres que no saben que hacer y vienen a nosotros que supuestamente sabemos, a pedir  un consejo sobre cómo hacer con el niño o para calmar una cierta culpa, dirigiéndose a “un experto”.

    Lo que aparece en primer plano es que la relación que han establecido con el niño es de tipo simétrica. De igual a igual. En nombre de un respeto de las libertades individuales son padres que no saben poner el limite y tratan de convencer racionalmente a su hijo para que se comporte de determinada manera. Como si tuvieran que contratar con él.

    El principio de autoridad ha desaparecido. La relación es entre símiles. Nada hay fuera de la relación que sostenga el vinculo. El hecho de uno ser padre o maestro, por si solo no garantiza el principio de autoridad, ahora hay que convencer racionalmente o seducir al niño o al joven para que haga caso.

    Sin poder establecer un limite abandonan al niño a su propia pulsión y esto acarrea inevitablemente una carga de angustia y ansiedad enormes. Si para el niño todo es posible, se pierden los puntos de referencia. En un contexto así es difícil que los padres o los maestros puedan confiar en el propio rol porque en nombre de la libertad individual se sienten continuamente llevados a justificar sus elecciones en relación a los niños o jóvenes quienes aceptan o no lo que se les propone en esta relación de igual a igual.

    Esta simetría termina por eliminar la percepción de las necesidades del hijo en función de su edad, en otras palabras de su realidad efectiva y afectiva. Esta dificultad en asumir una autoridad que da seguridad y contiene al mismo tiempo deja solo al niño frente  a sus pulsiones y a la ansiedad que de ello deriva.

    Dificultad, aunque parezca fuerte lo que digo, de hacerse odiar por el hijo. Imposibilidad de poner un No y de sostener este No. Limitar viene percibido como negativo, como poco democrático o injusto. Hay que justificar racionalmente todo y a veces se olvida que un niño de tres años necesita el No para poder saber cual es el terreno de juego. Pareciera ser que todo puede ser posible que cada capricho tiene que ser cumplido para evitar el choque para evitar la discusión o como decía al inicio para evitar el odio que todo limite genera.

    Todo tiene que transcurrir en calma y sin sobresaltos. La libertad de elección del niño no tiene limites y eso está reforzado por algo que a nivel social se puede apreciar cotidianamente. (Basta pensar la cantidad de juguetes que tienen los niños y que son abandonados a los pocos días)

     Paradojalmente a la crisis del principio de autoridad no corresponde una critica al autoritarismo. En una sociedad donde los mecanismos de autoridad están debilitados lejos de inaugurar una época de libertad se entra en una fase de arbitrariedad y confusión.

    Miremos un poco mas de cerca la cuestión de la autoridad.

    Esta sociedad oscila entre dos tentaciones: la coerción y la seducción de tipo comercial.

    Algunos profesores o maestros tratan de tener la atención de sus alumnos por medio de astucias o  técnicas de seducción porque la idea de decir “Me tienes que escuchar y respetar simplemente porque yo soy el responsable de esta relación” parece hoy inadmisible.

    En nombre de una presunta libertad individual el alumno o el joven asumen el rol de clientes que pueden aceptar o rechazar lo que el adulto – vendedor les propone. Y si esta estrategia falla no queda otra salida que aquella de recurrir a la coerción y a la fuerza.

    Y no es para sorprenderse si la resolución es violenta por que no hay otra solución cuando la relación es simétrica, de igual a igual entre jóvenes y adultos.

    El autoritarismo, en efecto, no se funda sobre un principio de respeto, de una persona que actúa en nombre de la ley (ley que une y que nos protege a todos y de consecuencia le debemos obediencia).

    Con el autoritarismo, aquel que representa la autoridad se impone al otro gracias a la fuerza (sea de la seducción sea del convencimiento). que termina siendo la única garantía y el único fundamento de la relación.

    El principio de autoridad se diferencia del autoritarismo en cuanto representa una suerte de fundamento común a los dos términos de la relación en virtud del cual es claro que uno representa la autoridad y el otro obedece. Pero al mismo tiempo se conviene, se acuerda que ambos obedecen aquel principio común que de algún modo predetermina desde afuera la relación. El principio de autoridad se funda, se apoya en la existencia de un BIEN compartido, de un mismo objetivo para todos. “Yo te obedezco porque tu representas para mi la invitación a dirigirnos hacia este objetivo común, porque sé que esta obediencia te ha permitido convertirte hoy en el adulto que eres, como yo lo seré mañana en una sociedad con un futuro garantizado”.

    Hoy el futuro no ofrece ninguna garantía y cuando un joven pregunta “¿Por que tengo que obedecerte?” muchos adultos son incapaces de responder “Porque soy tu padre….soy tu profesor…”

    Si el joven no es seducido o dominado no ve el motivo para obedecer a este “Igual” que pretende merecer respeto. “¿En nombre de qué principio y de que cosa tengo que obedecerte?”