• Educación y confianza

    Educación y confianza

    Confianza.Tal vez sea una de esas palabras que más tranquilidad transmiten, ya  que todos sabemos lo importante que ha sido en nuestras vidas sentir que se confía en nosotros y también hemos sufrido la áspera sensación que produce la desconfianza.

    ¿Cómo influye en un ser humano vivir con la confianza de sus seres queridos o no gozar de ella? Esta respuesta  tal vez la pueda responder cada uno cuando mira hacia atrás y se acuerda cuando encontró aceptación, una palabra muy cercana a confianza, o no lo hizo.

    Confiar en los hijos pasa por aceptarlos en su diferencia, como personas que no son como nosotros y que tienen que construir su propio proyecto de vida. Y aceptarlos implica, a su vez,  confiar en ellos aunque lo que hagan a veces no nos pueda agradar. Aceptar a los hijos y confiar en ellos pensando  que detrás de un comportamiento determinado casi siempre hay una motivación  interna que si no lo justifica por lo menos lo explica.

    Cuando  en la educación de los hijos se recurre al castigo sistemático, al reproche y a la recriminación, entrando así  en esa dinámica de pérdida de confianza, los conflictos cotidianos están asegurados. Y tal vez lo más fácil sea eso, lo cual simplifica mucho todo en el momento, pero lo empeora a medio y largo plazo. La ira y la frustración producida por no saber qué está pasando, por sentirnos impotentes ante la dificultad para controlar la situación, se descargan sobre los más indefensos. Y ellos, sobre todo cuando son pequeñitos y no cuentan con un YO que trabaje para ellos, de lo que están necesitados es de una especie de YO auxiliar que los ayude a generar recursos internos a partir de una oferta de recursos externos (serenidad, contención, comprensión, consistencia, cierta exigencia y firmeza…..)  Y muchas veces ocurre lo contrario, en lugar de enseñarles lo que sí y lo que no, les reñimos, en lugar de calmarlos, perdemos los nervios, en lugar  de ofrecerles seguridad, los sobreprotegemos.

    Poner palabras a lo que está pasando, sin juzgar, suele ayudar bastante como abre-ostras:

    Ej. Niño de dos años y medio que empuja a su hermanito para quitarle un juguete: “¿A lo mejor tenías tantas ganas de jugar con ese juguete que no has reparado en que lo tenía tu hermanito y  que le podías hacer daño al quitárselo? ¿Qué te parece que se puede hacer ahora?”  Casi todos los niños devuelven el juguete y dan un besito. Luego se le puede ofrecer otras alternativas de juego.

    Generalmente los niños, al sentirse no juzgados por su actuación, se sienten aceptados y están en buena disposición de escucharnos. Al sentir que no perdemos el respeto por ellos y que les transmitimos que confiamos en que no ha habido mala intención, el respeto que se tienen ellos a si mismos aumenta y ello repercute positivamente en que se controlen más. Si no, imaginaros que un Jefe os echa una bronca porque habéis cometido algún error, preferís eso o que os diga algo como: “He observado que llevas unos días bajando un poco tu rendimiento, supongo que tendrá que ver con lo que me comentaste de la mudanza y de la enfermedad de tu madre, si necesitas alguna cosa ya sabes” Seguramente una respuesta de comprensión hará que hagamos  todo lo posible para recuperar cuanto antes nuestro nivel. La bronca hubiera generado probablemente también una respuesta  de trabajar más pero se daría paso al germen de la desconfianza y eso tiene consecuencias graves.

    Las ostras son muy sensibles a las turbulencias marinas y cuando las hay tienden a cerrarse, ellas prefieren que nos acerquemos despacito, con suavidad, en el momento adecuado, con calma y sin excesos y cuando lo logramos nos ofrecen su tesoro.

    Pablo Montero