El perfeccionismo  y los hijos

Texto: Pablo Montero. Psicólogo

Cuando hablamos de perfeccionismo nos solemos referir por un lado a ese afán de mejoría que tenemos, esa ambición (laboral, personal…) de crecimiento, de responder a las exigencias que la realidad nos pone, que tal vez tenga más que ver con madurar, con ser mejor persona. Pero por otro lado también esa palabra hace referencia, en su exceso, a  personas que  transforman el deseo de mejorar en un problema para el ego; estamos hablando de individuos muy autoexigentes, que no saben disfrutar de las cosas porque todo se convierte en una especie de reto que pone a prueba el valor que tienen como persona: si lo hago bien soy bueno, y si lo hago mal soy malo, nunca  contentos, nunca conformes. Tal vez estas personas traten de llenar un vacío que se ha generado en su propia historia, como una especie de saco roto, en el que nada parece suficiente porque se va lo bueno y se queda lo malo. Me voy a centrar más en este último tipo sobre todo para poder detectar si tenemos algún rasgo de ese perfeccionismo “malo” para que intentemos no transmitírselo a nuestros hijos.

La adaptación a la realidad pasa fundamentalmente por la aceptación de unos límites, que nos vienen a señalar  que nos faltan cosas,  que todo no puede ser,  que no somos perfectos,  que nada es perfecto,  que nos podemos equivocar, que además el proceso de aprendizaje conlleva tiempo… No obstante, hay un tipo de personas  muy perfeccionistas que llegan a altos puestos laborales pero que lo llevan con gran dosis de sufrimiento y  hay otro tipo que por miedo al fracaso, como no aceptan el error, la equivocación, porque les resulta intolerable, postergan decisiones, actuaciones, lo dejan para otro día, no se enfrentan, se tornan pasivos más que activos, se convierten en personas que tienden a quedarse quietos, angustiados ante una situación nueva porque temen al fracaso. Vamos a intentar analizar qué sufrimiento llevan acumulando durante tantos años para convertir su vida en una especie de castigo. ¿Por qué en un caso se ponen objetivos tan elevados que son muy difíciles de cumplir y cuando los cumplen les parecen insuficientes? ¿Por qué en el otro caso tienen tantos temores?

La persona perfeccionista trata de compensar cosas que siente que no tiene, no se encuentra satisfecha consigo misma. Pone retos a su personalidad para demostrarse que sirve, que vale…por eso hablo del agujero, un agujero que tal vez se creó al principio de la vida, en los primeros años, cuando a lo mejor para poder sobrevivir y generar una cierta estabilidad interna, tuvo que generar un tipo de barrera defensiva, o sea, me defiendo de esta sensación de inseguridad que tengo creando una fantasía de que es posible que me sienta bien si hago las cosas bien, si hago las cosas perfectas, de esta manera seguro que me van a querer. Es como si alimentar el ego, supliera algunas carencias emocionales. Cuando este niño crece y se convierte en padre o madre y sigue sin estar satisfecho con sus producciones, ¿qué puede sentir su hijo bajo esa mirada de insatisfacción? ¿Tal vez que haga lo que haga nada será suficiente para contentar a su papá o mamá? Estas situaciones podrían llevar a un niño  a tratar de no defraudar a nadie, a exigirse más de lo que debería, a entristecerse o enfadarse ante la frustración de no conseguir lo que se propone, a tener una visión negativa hacia sí mismo y hacia la vida.

Es importante que los padres y madres tomemos conciencia de todo esto para no volcar sobre los hijos nuestras esperanzas y frustraciones desde una expectativa exigente, que les transmita una sensación de decepción, ya que podría contribuir al desarrollo de personalidades sobreadaptadas, autoexigentes y perfeccionistas, como mecanismo de defensa necesario para ser dignos de nuestro amor.

“La perfección es muerte, la imperfección es el arte”         (Manuel  Vicent)